
Existe una gran cantidad de citas y frases de los santos que nos ofrecen una visión divina y motivación para nuestra vida espiritual. Podemos pensar, por ejemplo, en la famosa frase del Padre Pío: «Reza, espera y no te preocupes». O el recordatorio de la Madre Teresa de que «no todos podemos hacer grandes cosas, pero podemos hacer pequeñas cosas con gran amor». Y, por supuesto, la invitación de San Francisco: «Predica el Evangelio en todo momento y, cuando sea necesario, utiliza palabras». Aunque los historiadores puedan debatir y desmentir la validez de estas y otras citas similares, el sentimiento es auténtico y la aplicación es cierta. Además, quedan muy bien en nuestras tazas de café y camisetas católicas.
Otra cita popular que veo a menudo procede de San Agustín, quien rezaba: «Nos has creado para ti, oh Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en ti». Aunque las citas anteriores puedan tener orígenes dudosos o poco claros, esta cita del famoso obispo de Hipona abre su autobiografía, *Las Confesiones*. Sin embargo, incluso con una fuente clara y correcta, me parece que su aplicación y práctica son mucho más confusas de lo que sugiere su redacción. Y esta es la razón. Muchos cristianos interpretan que Agustín da a entender que, una vez que nos acercamos a Dios, nuestra inquietud debería cesar. Sin embargo, esto apenas se ajusta a la experiencia humana.
A pesar de nuestros mejores esfuerzos, ¿no es cierto que a menudo nos sentimos inquietos en la oración cuando nuestras peticiones parecen no ser escuchadas? ¿Y no nos parece que el peso de las responsabilidades diarias y el ruido constante pueden, a veces, dificultarnos estar en silencio y atentos a la voz de Dios? O que ver las experiencias espirituales y las bendiciones de los demás puede despertar en nosotros una pizca de inquietud?
Ojalá ir a misa o pasar un rato ante el Santísimo Sacramento calmara al instante todas nuestras inquietudes. No puedo contar cuántas veces he recurrido a la oración en busca de una respuesta, solo para descubrir más preguntas. O cuántas veces me he sentado en una iglesia y, en lugar de sentirme cautivado por la presencia de Dios, he sido muy consciente de los miedos, deseos y anhelos que se agitaban en mi interior. Esto es algo que todos experimentamos, al menos de vez en cuando.
¿Indican estas realidades que no estamos descansando adecuadamente en Dios, o bien apuntan a una realidad más profunda sobre el camino cristiano y nuestra lucha contra la inquietud?
A menudo, cuando nos sentimos inquietos, nuestro primer impulso es hacer que esa sensación desaparezca. Sin embargo, quizá esa no sea la pregunta correcta. En lugar de intentar eliminar nuestra inquietud, ¿qué se nos revelaría si nos preguntáramos qué es lo que Dios podría estar intentando revelarnos a través de ella?
El objetivo no es eliminar la inquietud, sino redimirla. En muchos sentidos, la inquietud no es más que la sensación que produce el deseo cuando aún no se ha satisfecho. En una palabra, la inquietud puede ser sagrada.
Tres formas de canalizar tu inquietud
La realidad es que el corazón de todo ser humano está inquieto en mayor o menor medida. La clave está en averiguar adónde nos lleva esa inquietud. Así pues, aquí tienes tres cosas que puedes hacer para darle un sentido a tu inquietud:
Cuando sientas la agitación de la inquietud, en lugar de descartarla o ignorarla, considérala una invitación a rendirte y a confiar. Desde esta perspectiva, tu inquietud se convierte en una corriente que te lleva a una comunión más profunda con Dios y a participar en su misión.
Resiste la tentación de restar importancia o ignorar tus sentimientos y, en su lugar, pregúntate qué puede estar revelando tu inquietud. En lugar de considerar tu malestar como un problema que hay que resolver, adopta una actitud de «curiosidad sagrada». Explora si podría estar apuntando a apegos poco saludables, heridas ocultas, una oración descuidada o vocaciones olvidadas. Al igual que nuestro hambre física nos impulsa a buscar comida, la inquietud espiritual señala una necesidad más profunda que requiere nuestra atención.
Por último, he aquí una sencilla prueba de fuego: pregúntate si tus anhelos y deseos insatisfechos te alejan más de Dios o te acercan a Él. Si te das cuenta de que tus anhelos te están alejando de Dios en busca de cosas de menor importancia, sería prudente hacer una pausa y analizar con valentía los deseos que se han apoderado de tu mente y tu corazón. Si descubres que tus deseos insatisfechos tienen su origen en un profundo anhelo por las promesas de Dios, tu inquietud puede convertirse en tu guía. Si le prestas atención, te revelará dónde te está invitando Dios a crecer, a rendirte o a confiar en Él más profundamente.
¿Qué significa descansar en Dios?
Para el creyente, la paz y el anhelo no son opuestos. Podemos estar en paz en el Señor sin dejar de sentir la inquietud que nos produce el deseo de que sus promesas se cumplan en nuestras vidas. La verdadera satisfacción no se alcanza acallando nuestros anhelos, sino orientándolos en la dirección correcta.
El creyente que encuentra su descanso en Dios no deja de desear; al contrario, desea con mayor intensidad.
No deja de anhelar, pero ahora anhela las cosas correctas.
No se vuelve indiferente ni pasivo, sino atento.
Cuando San Agustín dijo que nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en el Señor, creo que esto es lo que quería decir. Su oración revela que comprendía que fuimos creados para desear. No se trata tanto de una promesa de tranquilidad espiritual como del fruto natural de un corazón totalmente entregado a Dios. No era una petición para eliminar el anhelo, sino sobre lo que ocurre cuando la inquietud encuentra por fin su verdadero hogar. A medida que nos volvemos hacia Dios, nuestra lucha inquieta da paso poco a poco a un anhelo de comunión más profunda y de fidelidad.
Así pues, la famosa cita de Agustín no nos ofrece la seguridad de que nunca más volveremos a sentirnos inquietos. Pero nos recuerda que cada dolor inquietante apunta, en última instancia, más allá de sí mismo. Nuestros deseos no están destinados a torturarnos, sino a ayudarnos Liderar casa. Detrás de cada dolor sagrado y cada anhelo se esconde la misma invitación: vuelve al Dios para quien fuiste creado.
Porque nuestros corazones no encuentran la paz hasta que descansan en Dios.
Kris Frank es el vicepresidente de Promoción de la Misión del Congreso Eucarístico Nacional. Graduado por la Universidad Franciscana, es un director espiritual cualificado, autor y conferenciante muy solicitado, dedicado a la evangelización y al servicio de la Iglesia. Kris vive en Steubenville, Ohio, con su esposa, Grace, y sus seis hijos, donde sigue Liderar hacia una relación más profunda con Dios.
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