Mantener la luz encendida

Muchos padres y abuelos viven con un dolor silencioso, a veces oculto, un profundo anhelo de que sus seres queridos vuelvan a la fe. Cuando el banco de la iglesia que antes estaba lleno de familiares ahora permanece vacío, no es solo una decepción, sino un dolor inesperado. Un dolor que no nos atrevemos a nombrar por miedo. ¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Decir algo? ¿No decir nada? ¿Rezar?

Por supuesto, rezamos. Probablemente Santa Mónica no diga: «¿Tú otra vez?». No la Santa Mónica que rezó durante treinta años por su hijo, San Agustín. La perseverancia en la oración siempre es algo bueno para aquellos por quienes rezamos, pero también para nosotros mismos. Quizá podríamos empezar por el primer paso: reconocer nuestro dolor.

En su carta a los Romanos, San Pablo confiesa: «Siento una gran tristeza y una angustia incesante en mi corazón» (Rom 9, 2). En este pasaje de la Escritura, expresa su profunda tristeza por la falta de fe de Israel. «Angustia» es una palabra muy potente y, sin embargo, expresa de forma concisa la consternación que sentimos, no solo cuando vemos los bancos vacíos, sino también en pequeños momentos a lo largo de nuestra vida familiar. Sacramentos que no se celebran. Cargas que no se aligeran. Gratitud que nunca se expresa. No es menos una cruz que otros tipos de sufrimiento.

Sin embargo, San Pablo nos da esperanza de la forma más inesperada. Queremos «arreglar» a nuestros hijos y nietos. Seguramente, la palabra adecuada o el encuentro adecuado los encaminará hacia la conversión. En cambio, San Pablo nos exhorta a ser amables. Cuando nuestras palabras puedan sonar acusadoras o suplicantes, él nos dice: «Que vuestro hablar sea siempre amable» (Col 4, 6). Amable, sin duda, pues es la gracia la que nos sostiene.

Lo más poderoso que podemos hacer no es hablar de Cristo, sino vivir una vida llena de Cristo. En lugar de ira o amargura, debemos irradiar paz, la paz que nos da nuestra fe en Cristo. Esta fe nos da la fuerza para perdonar, la fortaleza para perseverar y la confianza de que Dios nos lleva a todos cerca de su corazón y nos ama con una abundancia inconmensurable.

Cuando vivimos con Cristo en nuestro interior, nuestro gozo es palpable. Esto no significa que no tengamos sufrimiento ni pruebas, sino que irradiamos su luz. Esto puede manifestarse de muchas formas: paz, aceptación, quizá satisfacción. Por encima de todo, es amor, y este amor no reprende, sino que invita. Nuestra presencia pacífica invita. Nuestra presencia pacífica ama. La calidez y la amabilidad pueden ablandar los corazones.

Nuestra presencia constante en la vida de nuestros seres queridos refleja la fidelidad de Cristo. Seguir estando presentes para nuestros seres queridos, compartiendo momentos y forjando vínculos, nos brinda la oportunidad de fomentar la confianza y conmover los corazones. Nuestra cercanía se convierte en testimonio, no en discordia. Estos momentos nacen de un amor arraigado en la verdad. De este modo, podemos confiar en que Dios actuará a su debido tiempo.

Este compromiso genuino suele surgir de nuestro sufrimiento, pero es un compromiso fiel arraigado en la caridad. Amar a aquellos familiares que se han alejado o distanciado de la fe es complicado. Amar no es lo mismo que aprobar. Existe la tentación de corregir o cuestionar las decisiones de nuestros seres queridos. Podemos sentir la urgencia de traerlos de vuelta a la fe debido a nuestro amor y a nuestra preocupación por sus almas.

Reflexionemos sobre la enseñanza de San Pablo en 1 Corintios 13: «El amor es paciente… todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta».

¿Cómo se manifiesta este tipo de amor en la familia? Quizá sea celebrar las cosas buenas de sus vidas. Quizá sea escuchar sin juzgar. Quizá no sea una reacción instintiva ante su experiencia vivida en la Iglesia. No todos los momentos exigen una respuesta, porque la relación va más allá de un solo momento.

Nuestros hijos y nietos merecen nuestro amor como un don total y sin condiciones. Ese momento que nos inquieta puede ser una oportunidad para recibir la gracia. Nuestra presencia demuestra que nuestro amor es incondicional, siguiendo el ejemplo del amor del Padre por nosotros. Él quiere que acudamos a Él, y debemos recordar que desea lo mismo para todos sus hijos.

No es fácil, pero el amor paciente no presiona al Espíritu Santo. Al fin y al cabo, nosotros no convertimos el corazón de nadie; esa es la obra del Espíritu Santo.

Para algunos de nosotros, este tipo de presencia resulta molesta, e incluso la rechazamos, debido a circunstancias muy difíciles. Lo que podemos hacer es «orar sin cesar» (1 Tes. 5, 17). Puede ser algo tan sencillo como «Señor, quédate con mi hijo» o «Señor, llévalos de vuelta a ti». Para mí, la oración más poderosa siempre ha sido: «Jesús, confío en ti», pero también es muy difícil porque exige entrega. ¿Somos capaces de soltar a nuestros seres queridos y dejar que Dios actúe?

Confiar a alguien a quien queremos a Dios puede parecer un abandono, como si no pudiéramos asumir la responsabilidad. En realidad, es un acto de amor y confianza. Nunca fuimos su Salvador. Cristo es su Salvador, y Él los ama, los conoce, los busca y tiene un plan para su salvación. Eso nos anima: no llevamos esta cruz solos. Participamos con Cristo en su plan para nuestros seres queridos.

Si sientes este dolor, esta angustia, como dice San Pablo, no te desanimes. Es Cristo quien, en ti, habla, da testimonio y te invita. Deja que su luz brille en ti como un faro.

Maria Morera Johnson es autora, conferenciante y misionera digital, y anima a las mujeres a vivir una mediana edad llena de esperanza a través de A Beautiful Second Act.

Crédito de la foto: Foto de Elina Fairytale