
Comentarios de Jason Shanks
Hoy damos inicio a la Peregrinación Eucarística Nacional de 2026.
Comenzamos aquí, en San Agustín, porque este lugar nos revela la verdad sobre nuestra historia. Antes de que existiera una república, la Cruz ya se alzaba en estas costas.
Aquí, en Florida, los misioneros católicos, los exploradores, los sacerdotes y los colonos fueron los primeros en llevar el Evangelio a lo que más tarde se convertiría en los Estados Unidos de América, mucho antes de que se fundaran las trece colonias o se concibieran los documentos fundacionales de nuestro país. Por eso resulta apropiado que esta peregrinación no comience en un centro de poder político, sino en un lugar de encuentro, donde el Evangelio echó raíces por primera vez en esta tierra.
Esta peregrinación —«Una nación bajo Dios»— es un momento de profunda reflexión, gratitud y renovación. Es una invitación no solo a recordar nuestro pasado, sino a redescubrir los cimientos espirituales que, por sí solos, pueden sustentar nuestro futuro.
En 1895, el papa León XIII escribió a la Iglesia de América: «Todos los hombres sensatos coinciden en que América parece destinada a grandes cosas». Y el Santo Padre expresó su esperanza de que la Iglesia católica «no solo participara en esa grandeza futura, sino que contribuyera a hacerla realidad».
Pero, como comprendió el papa León XIII, la Iglesia no llegaba tarde a la historia de Estados Unidos. Estuvo presente desde el principio.
El primer servicio religioso cristiano celebrado en estas tierras fue una misa católica. El asentamiento europeo más antiguo de los Estados Unidos que ha estado habitado de forma ininterrumpida es esta ciudad —San Agustín—, fundada por católicos españoles. Los misioneros católicos derramaron su sangre en suelo americano mucho antes de la Revolución, entre ellos los mártires de Florida y Georgia, a quienes se rendirá homenaje durante la próxima etapa de esta peregrinación.
En misiones y asentamientos, fuertes en zonas salvajes y puestos comerciales, los católicos exploraron, cartografiaron, evangelizaron y consagraron esta tierra a Dios, todo ello más de doscientos años antes de la firma de la Declaración de Independencia.
Estados Unidos no surgió de la nada. Nació de una civilización basada en la creencia de que los derechos humanos no provienen del gobierno, sino de Dios. Y, sin embargo, hoy, mientras nos reunimos aquí, sabemos que nuestra nación se enfrenta a una profunda división, confusión y agitación.
Vivimos en una época en la que nos sentimos tentados a depositar toda nuestra confianza en la política, la ideología, el poder o la personalidad. Pero las palabras «bajo Dios» se oponen a esa tentación. Estas palabras nos recuerdan que el experimento estadounidense siempre ha dependido no solo de las estructuras de poder, sino también de una visión moral capaz de corregir al poder cuando se desvía del camino.
Vivir bajo la mirada de Dios no es reclamar superioridad moral. Es aceptar la responsabilidad moral. Es reconocer que la libertad requiere virtud, que los derechos conllevan deberes y que la reconciliación comienza con la humildad.
Y como católicos, debemos recordar que Dios no es un relojero distante que creó el mundo, le dio cuerda y se apartó. Nuestro Dios es personal, cercano y está presente. Por eso la Eucaristía ocupa un lugar central en esta peregrinación.
La Eucaristía nos recuerda que Dios permanece entre nosotros. Jesucristo —quien sufrió, murió y resucitó hace dos mil años— se hace presente entre nosotros en cada misa. El mismo Cristo al que se rendía culto en estas costas hace siglos es el mismo Cristo al que celebramos aquí hoy.
Está activo. Es cercano. Nos llama a cada uno de nosotros. Y sigue en marcha.
La Eucaristía no es una demostración de poder. Es un acto de entrega.
Ahora que Estados Unidos se acerca a su 250.º aniversario, la cuestión que se nos plantea no es simplemente si recordaremos nuestros documentos fundacionales, sino si recuperaremos la actitud que los hizo posibles.
«Una nación bajo Dios» no es una declaración de grandeza. Es una confesión de dependencia.
Abraham Lincoln, en un discurso pronunciado en uno de los momentos más oscuros de la historia de Estados Unidos, rezó para que esta nación pudiera experimentar «un nuevo renacimiento de la libertad», una libertad que perdurara bajo la protección de Dios. Ese reto sigue estando ante nosotros hoy en día.
Hace cincuenta años, durante el bicentenario de Estados Unidos, se celebró en Filadelfia el Congreso Eucarístico Internacional. Allí estuvo presente el papa San Juan Pablo II, quien pronunció unas palabras que hoy suenan casi proféticas:
«El ansia de libertad atraviesa el corazón de cada hombre, y cuanto más rico es el corazón, mayor es esa ansia. La Eucaristía es la fuente principal de la riqueza que alberga el corazón humano. El ansia de libertad atraviesa también la historia de la raza humana, la historia de las naciones y de los pueblos. Revela su madurez espiritual y, al mismo tiempo, la pone a prueba».
Nos están poniendo a prueba. A mí me están poniendo a prueba. A ti te están poniendo a prueba. A nuestra nación la están poniendo a prueba.
Sin embargo, Cristo permanece con nosotros.
Y en la Eucaristía se encuentran, como enseña la Gaudium et Spes, «las alegrías y las esperanzas, las penas y las inquietudes de los hombres de nuestro tiempo».
Pues bien, hoy empezamos. Juntos, dejemos atrás la división y avancemos hacia la comunión. Dejemos atrás la confusión y avancemos hacia la verdad. Dejemos atrás el interés propio y avancemos hacia la entrega.
Una nación que sabe arrodillarse es una nación capaz de mantenerse en pie. Y que esta peregrinación contribuya a renovar nuestra nación de la única manera que perdura de verdad:
Bajo la misericordia de Dios.
Bajo la verdad de Dios.
Bajo el Corazón Eucarístico de Jesús.
Santa Francisca Xaviera Cabrini, ruega por nosotros.
Nuestra Señora de La Leche, ruega por nosotros.
Casado desde hace veintiún años, padre de cinco hijos y converso, Jason ocupa el cargo de presidente del Congreso Eucarístico Nacional.