El maná, las distracciones y el pan de cada día que necesitamos

En el desierto, los israelitas recibían cada mañana el maná, el «pan del cielo». Se les daba solo lo necesario para ese día, sin posibilidad de guardarlo. Si lo intentaban, se echaba a perder. Dios estaba enseñando a su pueblo a confiar en él cada día.

Esa lección es atemporal. Hoy en día vivimos en un desierto de distracciones: teléfonos que no paran de sonar, noticias de última hora, correos electrónicos interminables, presiones laborales y familiares. Nos sentimos constantemente tentados a saciar nuestro vacío con ruido, ajetreo o placeres fugaces. Pero, ¿en qué consiste realmente la distracción?

Cuando la distracción es espiritual

La distracción en sí misma no siempre es pecaminosa: tenemos que hacer frente a las exigencias del día a día. Pero la distracción espiritual se produce cuando lo menor nos aleja de lo mayor. Los Padres del desierto enseñaban que la distracción era una de las herramientas favoritas del diablo. Si el maligno no consigue hacernos caer en un pecado grave, intenta mantener nuestro corazón inquieto y disperso. Un alma dispersa es menos capaz de escuchar a Dios, de orar o de amar.

¿Cómo sabemos cuándo la distracción va demasiado lejos?

  • Cuando nos impide rezar.
  • Cuando nos deja demasiado agotados para poder rendir culto.
  • Cuando nos ocupa por completo la mente, ya no nos fijamos en los pobres, en los que se sienten solos ni en nuestra propia familia.
  • Cuando roba el silencio en el que Dios habla.

Eso no es neutralidad; eso es una batalla espiritual.

El remedio del pan de cada día

Al igual que Dios dio el maná a Israel en el desierto, nos da a su Hijo en la Eucaristía como nuestro «pan de cada día». Jesús lo deja claro: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre» (Jn 6, 35).

A diferencia de los israelitas, nosotros podemos acercarnos al «pan del cielo» cada día. La Eucaristía no es solo nuestro alimento dominical, sino el remedio diario contra la distracción. Cada misa, cada visita al sagrario, cada hora ante el Santísimo Sacramento nos ayuda a reorientarnos. Cristo nos recoge de nuestra dispersión y nos lleva de nuevo al centro.

  • En la misa diaria, recibimos el maná para las pruebas del día.
  • En la adoración, encontramos el silencio necesario para volver a percibir a Dios.
  • En una breve visita al sagrario, recordamos quién nos alimenta: no son las notificaciones, sino el Señor.

Un llamamiento a la acción

¿Qué pasaría si tomáramos al pie de la letra el «Padre Nuestro» —«Danos hoy nuestro pan de cada día»— y lo pusiéramos en práctica?

  • ¿Podrías comprometerte a asistir a misa todos los días, una vez a la semana (excepto los domingos)?
  • ¿Podrías pasarte por una iglesia durante la pausa para comer y pasar cinco minutos con el Señor?
  • ¿Podrías reservar una tarde al mes para la adoración eucarística?

Al igual que el maná, estos momentos no se pueden «acumular». Son nuevos cada día, en cada visita. Fomentan un hábito de dependencia, un ritmo de confianza.

Casado desde hace veinte años, padre de cinco hijos y converso, Jason es presidente del Congreso Eucarístico Nacional. Anteriormente, Jason Shanks fue presidente del Our Sunday Visitor Institute y es un conferenciante muy solicitado, líder intelectual y mente estratégica. Licenciado en nueva evangelización y empresariales, ha ayudado a fundar y revitalizar iniciativas católicas durante más de dos décadas.

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