Profundización de la formación

La oración como escuela del corazón y la mente

Cómo nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica a cultivar una vida interior con Dios

«Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 6). En medio del clamor de las responsabilidades y distracciones de nuestra vida cotidiana, el Señor nos invita a entrar en oración con Dios y, al hacerlo, a formar una relación más profunda con él. Cuando oramos, entramos en esa «habitación interior», una escuela del corazón y la mente en la interioridad de nuestras almas, como enseñaron muchos de los Padres de la Iglesia.

La oración: una escuela que nos transforma

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) presenta la oración precisamente de esta manera: como un acto y un hábito que nos forma y nos moldea, atrayéndonos a una comunión más profunda con Dios. Basándonos en las enseñanzas del Catecismo y en el testimonio de la Sagrada Escritura, conviene considerar cómo esta escuela del corazón y de la mente nos transforma, orientando nuestras aspiraciones y deseos hacia acciones concretas y positivas a través del diálogo sostenido con Dios y por su gracia.

La oración como ascenso

El Catecismo describe la oración como un ascenso. «La oración es elevar la mente y el corazón a Dios o pedirle cosas buenas» (CIC, 2559, citando a San Juan Damasceno). Sin embargo, debemos darnos cuenta de que la oración no es principalmente un esfuerzo propio, sino una respuesta a Dios «que nos busca primero» y que «anhela que nosotros le anhelemos» (cf. CCC 2560). Aunque la oración a menudo se expresa y se manifiesta de forma visible, brota de un deseo interior del alma que Dios mismo suscita en nosotros.

En los Salmos, David clama: «¡Oh Dios, tú eres mi Dios, a ti busco! Mi cuerpo te anhela, mi alma te ansía, en tierra árida, sin vida y sin agua» (Sal 63, 2). David nos muestra que los aspectos externos de la oración, y todos los hábitos y rituales que dan forma a los actos de oración, surgen de un reconocimiento interior de que dependemos de Dios para nuestras propias vidas, por lo que naturalmente debemos desear conformar nuestros corazones y mentes al Dios bueno y amoroso que solo desea la felicidad para sus hijos.

La Sagrada Escritura y el Catecismo nos recuerdan que nuestra vida interior se cultiva mediante acciones deliberadas, entre ellas el alejamiento consciente de lo superficial y el acercamiento a Aquel que nos conoce íntimamente: «Antes de que la palabra llegue a mi lengua, Señor, tú ya la conoces» (Sal 139, 4).

La oración como relación

La oración es la forma en que practicamos una relación real y sincera con Dios. «Según las Escrituras, es el corazón el que ora», enseña el Catecismo. «El corazón es el lugar de la decisión, más profundo que nuestros impulsos psíquicos. Es el lugar de la verdad, donde elegimos la vida o la muerte. Es el lugar del encuentro, porque como imagen de Dios vivimos en relación».

El corazón es la sala interior donde todos los fieles, en virtud de haber sido unidos a Cristo en el Bautismo, pueden disfrutar de la comunión con Dios a través de la oración. «La oración cristiana es una relación de alianza entre Dios y el hombre en Cristo» y «se extiende a toda la Iglesia, que es su Cuerpo» (CIC 2562-2565).

Oración: Donde Dios nos espera

Cuando rezamos, entramos en un espacio sagrado donde Dios nos espera. El Catecismo enseña que la oración forma el corazón alineándolo con la voluntad de Dios, tal y como Jesús mismo nos enseñó en Getsemaní cuando rezó al Padre «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Esto no siempre es fácil, porque el encanto de las distracciones, la experiencia de la sequedad y otras tentaciones amenazan con alejarnos de la relación; sin embargo, estas mismas luchas ayudan a educar la mente y el corazón en la atención, la sinceridad y la perseverancia. Por esta razón, el Catecismo advierte que la oración «siempre presupone un esfuerzo» y que «la oración es una batalla» principalmente contra nosotros mismos (CIC 2725).

«Orad sin cesar», nos exhorta san Pablo (1 Tes 5, 17). La oración, incluso y quizás especialmente cuando deseamos evitarla, se convierte en una disciplina necesaria y práctica para crecer en la vida cristiana. Si queremos profundizar nuestra relación con el Señor, simplemente debemos encontrar formas de integrar la oración en el ritmo de la vida cotidiana, ya sea a través de ofrendas matutinas, recogimientos vespertinos o conversaciones espontáneas con Dios en medio de nuestras tareas diarias.

Oración que nutre la vida interior

El Catecismo nos dice cómo se nutre nuestra vida interior a través de diversas expresiones de oración, cada una de las cuales actúa como una lección en la escuela del corazón y la mente. La oración vocal, por ejemplo, involucra al cuerpo y los sentidos, pero debe fluir desde el corazón para evitar la repetición vacía.

La oración vocal, como el Padrenuestro y muchas otras oraciones familiares que hemos aprendido, nos lleva a una mayor conciencia de nuestra relación filial con Dios, sintonizándonos con la alabanza y la petición. La oración mental, o recogimiento orante, nos lleva a reflexionar sobre la Sagrada Escritura o los misterios de la fe.

«La meditación implica el pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo», enseña el Catecismo (CCC 2708). De este modo, nuestra oración puede seguir el modelo de la Santísima Virgen María, que «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Así, al meditar la Palabra de Dios siguiendo el ejemplo de nuestra Santísima Madre, todos nuestros deseos pueden ordenarse correctamente para nuestro bien y el bien de todos nuestros hermanos y hermanas. La oración contemplativa, finalmente, se describe como «una mirada de fe, fija en Jesús» (CIC 2715). Es una comunión silenciosa y amorosa en la que el corazón descansa en Dios, similar a la petición de los discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1).

Oración en la adoración eucarística

Una forma maravillosa de poner en práctica estas expresiones de oración es la adoración eucarística. Una lección del Congreso Eucarístico Nacional de 2024 y del Avivamiento Eucarístico Avivamiento a él fue la belleza del tiempo dedicado a la adoración del Señor en la Sagrada Eucaristía. La oración ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento no solo nos ayuda a acercarnos al Señor individualmente, sino que abre nuestros corazones a las necesidades de todos nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia y en el mundo.

Cuando rezamos en adoración, ya sea en voz alta, a través de la meditación o de forma contemplativa, nos colocamos en presencia de Cristo, que nos redimió a todos en un acto de amor sacrificial. Darnos cuenta de esta gran verdad entrena nuestras mentes y nuestros corazones para asumir las características de Jesús y entregarnos al servicio amoroso de Dios y del prójimo. De este modo, la «cámara interior» de nuestro corazón se convierte en una especie de santuario donde el Señor nos nutre con su gracia y donde podemos escuchar su voz que nos envía silenciosamente a ser sus discípulos misioneros en el mundo.

Por nuestro compromiso con la oración ferviente y frecuente en todas sus formas, que lleguemos a conocer el amor de Dios que ha sido derramado en nosotros (cf. Rom. 5:5) y crezcamos en amistad con el Señor, que no desea nada menos que todo nuestro corazón.

El reverendísimo Michael F. Burbidge es obispo de la diócesis de Arlington, Virginia.

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