El arte de vivir: descubre el camino hacia la verdadera felicidad

Hace más de treinta años, solía abrir las puertas de un viejo pabellón deportivo anexo a una parroquia situada en un barrio deteriorado de la ciudad donde estudiaba. El párroco me había pedido que abriera las instalaciones y pasara tiempo con los jóvenes del barrio, advirtiéndome de que, si nadie les dejaba entrar, forzarían la entrada para jugar al baloncesto. A regañadientes, accedí.

Todos los domingos por la tarde, el gimnasio se llenaba de jóvenes del barrio. En aquel espacio destartalado, descubrí de forma inesperada la vocación de mi vida: acompañar a las personas con un propósito concreto, ayudándolas a descubrir el sentido de la existencia y al Dios que las creó. A este proceso lo llamamos «discipulado». En aquel momento, sin embargo, simplemente amaba a los jóvenes tal y como eran, al tiempo que les presentaba al Salvador que había transformado radicalmente mi propia vida.

Era un joven con problemas cuando conocí a Jesús, y él cambió por completo el rumbo de mi vida. Al empezar a recorrer este nuevo camino, sentí una necesidad innegable de ayudar a otros a descubrir lo que yo había recibido: un tesoro por el que vale la pena venderlo todo, la perla de gran valor (Mateo 13:45-46).

Durante años, me costó mucho encontrar las palabras adecuadas para describir este ministerio. ¿Se trataba simplemente de establecer relaciones? Sí. ¿Era un acompañamiento intencionado? Sin duda. ¿Era discipulado? Por supuesto. Sin embargo, más allá de cualquier metodología concreta, me parecía una forma de arte. Era darme cuenta de que cada persona, única en su género, es una obra maestra creada por Dios, pero incompleta por sí misma.

La pregunta fundamental

En 2001, me topé con un pasaje del cardenal Joseph Ratzinger (más tarde el papa Benedicto XVI) extraído de su discurso en el Jubileo de los Catequistas de 2000. Sus palabras me dejaron sin palabras, ya que ponían palabras precisas a lo que yo había estado viviendo:

«La vida humana no puede realizarse por sí misma. Nuestra vida es una pregunta abierta, un proyecto incompleto, que aún está por concretarse y realizarse. La pregunta fundamental de cada persona es: ¿Cómo se llevará esto a cabo —el hecho de hacerse hombre—? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino hacia la felicidad? Evangelizar significa: mostrar este camino, enseñar el arte de vivir. Al comienzo de su vida pública, Jesús dice: «He venido a evangelizar a los pobres» (Lucas 4, 18); esto significa: «Tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; os mostraré el camino de la vida, el camino hacia la felicidad —o mejor dicho: yo soy ese camino»».

Todos somos proyectos inconclusos. Nuestras vidas se van pintando como obras maestras divinas en manos del Creador. Sin embargo, el arte no se asimila por casualidad; hay que aprenderlo, imitarlo y practicarlo. Como subraya el Catecismo de la Iglesia Católica , la libertad humana encuentra su fin último cuando se orienta hacia Dios: «Dios creó al hombre como ser racional, confiriéndole la dignidad de una persona capaz de iniciar y controlar sus propias acciones... “Dios quiso dejar al hombre en manos de su propio juicio, para que, por su propia voluntad, buscara a su Creador y alcanzara libremente su plenitud y perfección bienaventurada uniéndose a él” (CIC 1730).

No seguimos a Cristo ni dominamos la vida cristiana mediante una ósmosis pasiva. Necesitamos una invitación y una iniciación a la gracia a través de los sacramentos de la Iglesia, que comienzan con el Bautismo, se fortalecen en la Confirmación y se alimentan en la Eucaristía. El Dios que transforma nuestros corazones es un Dios que desea la salvación de cada persona.

La realidad de nuestra cultura actual

Vivimos en una época en la que muchos de los que conocen a Cristo se sienten abrumados por el ruido, las prisas y una actividad incesante. Es fácil caer en la rutina de acudir a toda prisa a la misa y confiar en la gracia sacramental inmediata para sobrevivir a la semana, mientras se pasa por alto nuestra vocación bautismal de caminar junto a los demás. Como nos recordó el papa Benedicto XVI en *Deus Caritas Est*: «Ser cristiano no es el resultado de una elección ética ni de una idea elevada, sino el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da a la vida un nuevo horizonte y una orientación decisiva». Cuando descuidamos compartir este encuentro, perdemos de vista nuestra vocación misionera de enseñar el arte de vivir.

Al mismo tiempo, muchas almas que se han encontrado con Dios siguen teniendo sed de aprender este modo de vida. Buscan lugares donde integrarse, recibir orientación y crecer, anhelando que se les muestre cómo vivir el Evangelio de forma auténtica. Como señala el Catecismo: «El deseo de Dios está inscrito en el corazón humano, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí» (CIC 27). A lo largo de la historia, los cristianos han abierto sus hogares, sus parroquias y sus vidas personales como centros de formación, demostrando lo que realmente significa seguir a Jesús.

Por último, están aquellos que permanecen al margen de la familia de la fe, buscando la libertad que les permita calmar el profundo dolor que sienten en el corazón. Llevan consigo un anhelo que ningún éxito mundano puede satisfacer.

Jesús: el maestro del arte

Toda la vida terrenal de Cristo es la revelación definitiva del diseño artístico de Dios. Jesús no se limita a darnos instrucciones; nos muestra con su ejemplo cómo hay que vivir. Nos enseña el verdadero sentido de la existencia humana a través de su Encarnación, su ministerio público y el Misterio Pascual.

Como proclamó de forma memorable el Papa Benedicto XVI durante su homilía inaugural en 2005:

«Si dejamos que Cristo entre plenamente en nuestras vidas, si nos abrimos totalmente a él, ¿no tememos quizá que nos quite algo? ... ¡No! Si dejamos que Cristo entre en nuestras vidas, no perdemos nada, nada, absolutamente nada de lo que hace que la vida sea libre, bella y grandiosa. ¡No! Solo en esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida».

Jesús dedicó su ministerio terrenal a mostrar a sus discípulos cómo vivir en comunión con el Padre. Les dio ejemplo de oración, generosidad radical, abnegación y misericordia. Jesús se esforzó deliberadamente por enseñar a sus seguidores el arte de vivir. A continuación, encargó a sus apóstoles que fueran hasta los confines de la tierra para dar ejemplo de este mismo modelo a los demás (Mateo 28:19-20).

Dominar esta forma de arte requiere una concentración deliberada, un acompañamiento relacional y un compromiso con el crecimiento espiritual. Es una invitación a pasar de una fe pasiva a un discipulado activo y vivificante que transforma nuestras decisiones cotidianas.

Recuperar el arte de vivir

¿Cómo serían nuestras parroquias, comunidades y familias si volviéramos al método fundamental de Jesús? Imagina la transformación que se produciría si cada creyente enseñara, diera ejemplo y acompañara de forma intencionada a los demás en el arte de vivir:

En el matrimonio y la familia: los maridos y las esposas darían ejemplo del amor abnegado de Cristo (Efesios 5:25), criando a sus hijos en el seno de «iglesias domésticas» fundamentadas en la oración y la virtud.

En las parroquias: Las parroquias dejarían de ser meros centros administrativos para convertirse en dinámicos centros de formación, donde quienes buscan encontrarán mentores y discípulos experimentados comprometidos con la próxima generación.

En los barrios: Nuestras interacciones cotidianas estarían marcadas por una auténtica caridad cristiana, ofreciendo esperanza a quienes sufren el aislamiento y buscan la verdad.

La vida cristiana no es un conjunto estático de normas, sino un camino dinámico hacia la alegría eterna. Cuando hacemos nuestra la visión profética esbozada por el papa Benedicto XVI, nos damos cuenta de que el arte de vivir no es otra cosa que la vida en Cristo, una « Jornada » desde la creación imperfecta hasta la perfección divina.

Paul lleva más de 30 años ayudando a las personas a conocer, comprender y vivir la libertad verdadera y auténtica para la que fueron creadas. Paul ha dado charlas ante más de dos millones de personas en todo el mundo. A lo largo de estos años, ha desempeñado diversas funciones, entre ellas las de presidente de una organización sin ánimo de lucro, conferenciante, mentor, consultor y autor. Es fundador y director de Art of Living Inc. y autor de varios libros, entre los que se incluyen *Rethink Happiness* y *Grit*. Paul y su esposa, Gretchen, llevan veintiocho años casados y son los orgullosos padres de cinco hijos.

Crédito de la imagen: Foto de Luke Thornton en Unsplash