
En el Libro de la Sabiduría del Antiguo Testamento hay un pasaje impactante que rememora el Éxodo, la liberación del pueblo judío tras más de 400 años de esclavitud bajo los faraones de Egipto. Ese acontecimiento fue real y, sin embargo, también fue un tipo, un presagio, de la misión de rescate definitiva que Dios iba a llevar a cabo a través de Jesús. Este rescate no sería de la tiranía y la esclavitud de algún rey terrenal, sino de los poderes del Pecado, la Muerte y Satanás. Al reflexionar sobre aquel primer éxodo, la Sabiduría dice:
«Porque, mientras un suave silencio envolvía todas las cosas,
y la noche, en su rápido curso, ya había transcurrido hasta la mitad,
tu palabra todopoderosa saltó del cielo, desde el trono real,
en medio de la tierra condenada, como un guerrero severo» (Sabiduría 18, 14-15).
Un día muy real, probablemente en el mes de marzo, en un pueblo tan insignificante que ni siquiera se menciona en el Antiguo Testamento, un ángel se le apareció a una joven adolescente y la invitó a hacer algo, la invitó a ser algo impensable e inimaginable. La invitó a ser la madre del Hijo de Dios. Y, de repente, aquellas palabras del Libro de la Sabiduría dejaron de ser poesía. Se hicieron realidad, literalmente. De repente, oculto a los poderosos y a los ricos, el Dios que creó el universo comienza a crecer en el seno de una mujer que él mismo creó.
En estos días en los que celebramos el Triduo Pascual y la Octava de Pascua, se nos revela el fin último de la Encarnación: que Dios se hiciera hombre.
La misión de Jesús: la recreación del universo
Jesús se hizo hombre para librar una batalla en nuestro nombre con el fin de derrotar a los poderes del pecado, la muerte y Satanás, muriendo en la cruz y resucitando de entre los muertos. Y aquel día en que Jesús resucitó de entre los muertos, no se limitó a hacer alarde de su poder. No, el Domingo de Pascua, Jesús inició la recreación de este universo, un universo que ama y que vino a existir por medio de él.
Si Jesús inició en Pascua la recreación de este mundo que Dios ama, entonces nuestra misión, entendida correctamente, es ser una continuación de esa misión hasta su regreso.
¿Y cómo es eso exactamente?
En cierto sentido, todo comienza con la Eucaristía. Al igual que Jesús, por así decirlo, «plantó su tienda» en su peregrinación hacia la humanidad a través de Nuestra Señora mediante la Encarnación, así también planta su tienda en su peregrinación hacia ti y hacia mí, de una manera muy personal, a través de la Eucaristía. ¿Por qué se entrega Jesús a nosotros de esta manera? Por muchas razones, sin duda, pero hay tres que me parecen especialmente importantes.
En primer lugar, en la Eucaristía nos da acceso al poder necesario para vivir una vida nueva. Al igual que todos los sacramentos, la Eucaristía nos concede la gracia, y una forma de entender la gracia es como un poder sobrenatural que nos permite hacer cosas que, de otro modo, no seríamos capaces de hacer por nosotros mismos.
En segundo lugar, Jesús se une a nosotros a través de la Eucaristía. El amor busca la unión. Por eso, cuando un hombre y una mujer se aman y se casan, no se conforman con decir simplemente: «Te quiero». Oh, eso es importante, sin duda, y todos deberíamos decirlo más a menudo de lo que probablemente lo hacemos. Pero el amor quiere más. Quiere demostrarlo. Ese amor se consuma cuando el amante y la amada, el marido y la mujer, se entregan el uno al otro y se convierten en uno. ¿Por qué? Porque el amor busca la unión. Si Dios es amor, y lo es, ¿qué es lo que Dios quiere? Dios quiere la unión. Con nosotros. Esta es, ni que decir tiene, una realidad asombrosa en la que muchos de nosotros probablemente no nos permitimos detenernos lo suficiente.
En tercer lugar, cuando recibimos la Eucaristía, esta nos transforma. Jesús quiere que nos parezcamos más a él y que nuestros corazones se asemejen más al suyo. Esta es una de las razones por las que Jesús instituyó la Eucaristía aquella noche antes de morir: quería entrar físicamente en ti y en mí —para transformar nuestros corazones de piedra en corazones de carne— a fin de que tú y yo pudiéramos amar como él ama y desear lo que él desea. La Eucaristía es una especie de transfusión espiritual. Cuando comemos su Cuerpo y bebemos su Preciosa Sangre, somos transformados en seres nuevos.
Rescata a tus hermanos y hermanas que están cautivos
En un contexto cultural cada vez más dividido y polarizado, vale la pena reflexionar un poco más profundamente sobre cómo recibir la Eucaristía es a la vez un encuentro íntimo y una llamada misionera. En el Evangelio de Lucas, leemos sobre el primer encuentro entre Jesús y un hombre llamado Pedro. Pedro es pescador y trabaja junto a su hermano Andrés y otros dos hermanos, Santiago y Juan. Juntos dirigen una especie de cooperativa. Mientras la multitud se agolpa alrededor de Jesús mientras predica, él le pregunta a Pedro si le deja subir a su barca para poder predicar desde el mar. Cuando Jesús termina de predicar, le dice a Pedro: «Rema mar adentro y echa tus redes para pescar». Pedro protesta diciendo que han trabajado toda la noche y no han pescado nada, pero quizá debido a la autoridad en la voz de Jesús, hace lo que se le dice. A continuación se produce una pesca milagrosa, como nunca habían visto Pedro y Andrés. De hecho, había tantos peces que tuvieron que llamar a sus compañeros, Santiago y Juan, para que vinieran a ayudar, y aun así ambas barcas corrían peligro de hundirse debido a la enorme captura.
Al darse cuenta de que ha ocurrido algo sobrenatural por orden de Jesús, Pedro se siente abrumado por la conciencia de su propia humanidad y cae de rodillas ante él. «Apártate de mí, Señor», dice, «porque soy un hombre pecador». Haciendo caso omiso de su súplica, Jesús le dice a Pedro: «No temas; de ahora en adelante serás pescador de hombres».
Al menos así es como se suele traducir.
«Zogron» es la palabra griega que utiliza Lucas y que traducimos como «capturar». No tiene nada que ver con la pesca. Significa capturar con vida o perdonar la vida, pero cuando aparece en el Antiguo Testamento siempre se presenta en un contexto militar. En el Nuevo Testamento, encontramos la palabra dos veces, y en ambos casos es metafórica, remitiéndose a ese significado militar. Recordando cómo el único enemigo capturó a nuestra raza allá por el principio, tal vez podamos entender mejor lo que Jesús le dice a Pedro de esta manera: «No temas; de ahora en adelante irás tras las líneas enemigas y rescatarás a tus hermanos y hermanas que están cautivos». Esto es algo que él podrá hacer, por supuesto, gracias al rescate que Jesús lleva a cabo mediante su muerte y resurrección.
Este detalle nos ayuda a comprender mejor que, por muy importante que sea captar la intimidad personal de la Eucaristía, no puede quedarse ahí. El deseo de Dios es que todos sus hijos se reúnan de nuevo, reconciliados tanto con Él como entre ellos. Nos creó para ser su familia. Una colecta poco conocida de una de las tres misas por la Iglesia del Misal Romano deja este punto tan notable muy claro:
Oh Dios, en la alianza de tu Cristo no cesas de reunir a tu lado, de entre todas las naciones, a un pueblo que crece unido en la unidad por medio del Espíritu; concede, te lo pedimos, que tu Iglesia, fiel a la misión que se le ha confiado, avance continuamente junto a la familia humana y sea siempre la levadura y el alma de la sociedad humana, para renovarla en Cristo y transformarla en la familia de Dios. («Colecta de la Misa por la Iglesia, B», Misal Romano, 3.ª ed. (Washington, DC: Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, 2011), 1238).
Únete a «La Resistencia»
Así pues, conscientes de que el enemigo es el enemigo —y nadie más lo es—; de que Dios es un buen Padre; de que Jesús es el Señor, y de que este mundo clama por Dios, aunque no lo sepa, me gustaría argumentar que su llamada a seguirle no es otra cosa que una llamada a unirnos a «La Resistencia», a salir a este mundo que Él ama y a participar en su recreación a través de actos de amor, misericordia, bondad, perdón y reconciliación. Salir a rescatar, renovar y transformar a la familia humana en la familia de Dios. Esa es la misión que Jesús puso en marcha el Domingo de Pascua.
Vamos a hacerlo.
El P. John Riccardo fue ordenado sacerdote de la Arquidiócesis de Detroit en 1996. En 2019, tras 23 años de ministerio parroquial, fundó ACTS XXIX para proclamar el Evangelio de una manera atractiva y convincente, y para formar al clero y a los líderes laicos para la época en la que Dios nos ha elegido vivir. El P. John es licenciado por la Universidad de Míchigan, la Universidad Gregoriana y el Instituto Juan Pablo II de Estudios sobre el Matrimonio y la Familia.